La COP20 que acaba de terminar en Lima ha mantenido el objetivo de lograr cero emisiones de gases de efecto invernadero para el 2050. No ha clausurado la posibilidad de que el acuerdo definitivo que se negociará el próximo año  lo incluya, y este es uno de sus logros, como lo reconocen incluso sus críticos más acerdados. Esto es algo que, por razones obvias, muchas naciones influyentes y poderosas no quieren, porque potencialmente los ata a un programa de reducción de emisiones mucho más concreto y mesurable del que puede admitir el status quo de sus economías basadas en el petróleo, el gas natural y afines. 

Parte del mérito por este logro debe ir a las organizaciones de la sociedad civil, incluyendo las que promovieron la entrega de más de 2 millones de firmas a favor de ese objetivo en la COP20. Porque las "emisiones cero" no han estado en la agenda de casi nadie, en la práctica: incluso aquellas naciones que en sus políticas internas buscan y promueven la transición a energías renovables, utilizan otros mecanismos, como las exoneraciones fiscales, para seguir movilizando enormes capitales hacia la exploración y explotación de nuevos yacimientos de combustibles fósiles

Lo cierto es que las matemáticas del cambio climático no admiten dudas al respecto. La cantidad de contenido carbónico presente en las reservas conocidas de combustibles fósiles es hasta cinco veces mayor de los volumenes que la atmósfera puede admitir, si es que el aumento de la temperatura promedio del planeta ha de mantenerse por debajo de los 2 grados centígrados con respecto a la era preindustrial (el objetivo de las negociaciones climáticas). Y el corolario de esta realidad es evidente: el petróleo que está en el subsuelo debe quedarse en el subsuelo.

Si se toma el concepto de emisiones cero en serio, ninguna otra conclusión es posible. Y la realidad demanda que ese concepto se tome en serio: el contexto en el que emerge este borrador es el de un fracaso absoluto en todos los intentos previos de reducir las emisiones de GEI, incluyendo todos los acuerdos globales tomados hasta hoy. Cada año desde la adopción del Protocolo de Kioto, las emisiones globales de CO2 y otros GEIs han aumentado; 2013 volvió a batir ese récord, y todo indica que 2014 lo batirá una vez más. 


La visión de la industria

No ha de extrañar a nadie que esta visión no sea compartida por la industria del petróleo y los combustibles fósiles. Por el contrario, la visión del futuro que esta industria tiene (y sobre la que actúa, con la enorme influencia que puede ejercer sobre los gobiernos del mundo) es una en la que el uso de sus productos, y con él las emisiones de gases de efecto invernadero, va en aumento y no en retroceso.

Esto se lo recordó con claridad la firma Exxon-Mobil al mundo entero precisamente cuando se inciaba la segunda semana de la COP20, con la publicación de su ampliamente consultado reporte Outlook for Energy. El reporte de Exxon-Mobil cubre el periodo hasta el año 2040, y es bastante claro en sus conclusiones: el consumo de petróleo y gas natural para satisfacer las necesidades energéticas del mundo aumentará, no decrecerá, en el curso del periodo analizado.

Esta visión tiene consecuencias inmediatas en varios planos, entre ellos el direccionamiento de inversiones y la constitución de políticas públicas. Si es cierto que las combustibles fósiles seguirán siendo tan centrales a la generación de energía, es en esa dirección que deben seguir moviéndose los capitales y es sobre esa base que deben planificar los estados. 

Y ahí radica el centro de la cuestión. Exxon-Mobil pretende que su reporte es una descripción objetiva de la realidad, pero no lo es. Es un posicionamiento, y está basado -como han observado sus críticos desde la organización The Price of Oil- en presuposiciones que no están garantizadas. 

Exxon-Mobil asume, sobre todo, que las negociaciones en Lima y París no producirán resultados efectivos en la práctica, y que no habrá acciones reales en la lucha contra el cambio climático. En otras palabras, asume que las políticas públicas con respecto al cambio climático permanecerán entrampadas, como lo han estado hasta el día de hoy. Asume que no habrá mayor inversión en energías renovables, que la presencia de estas en el mercado energético no avanzará, y que ni la ONU ni las COPs ni los gobiernos del mundo pueden hacer nada al respecto.

El mantenimiento del objetivo de emisiones cero en el borrador de la COP de LIma es el principio de un desmentido a esta visión de la industria de los combustibles fósiles. Por ahora, es sólo letra y papel; queda por ver de qué forma se concretiza en el camino a París, a pesar de los muchos obstáculos (entre ellos, la presión de la propia industria).


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